Colmenar Viejo – 4ª de Feria

NATURALES DE ORO

Por Juan Miguel Núñez Batlles

Este martes, en la plaza de toros de Colmenar Viejo, suceso taurino para la historia.

Una serie de naturales ligados hasta cierto punto, sin embargo, de mucha y exquisita enjundia. Y otra más, ahora sí cabe con más unidad y pasión, y ya con eco de clamor por el garbo y la despaciosidad que había en cada pase.

El personal empezaba a estar fuera de sí, asombrado por la pureza de líneas, y tanto sentimiento y majestuosidad en la interpretación de cada pase. Cuando el toro, que hasta entonces venía poco a poco negándose a colaborar, cada vez más parado y corto el viaje, de pronto pareció sentir el placer de acudir al suave y delicioso engaño que le conminaba a seguir.

Fue el momento culmen de la faena: unos muletazos, insistiendo por la izquierda, ya necesariamente de uno en uno, rotas todas las normas de la ortodoxia, para elevar aquello al summum del arte. No se puede torear mejor, con más duende y verdad. ¡Y sin el vínculo sagrado de la ligazón!

Diego Urdiales rompió así los moldes más clásicos del toreo, paradójicamente, para elevarlo a su quintaesencia.

A ver quién lo mejora; o como dicen ahora los chavales, si hay quien lo iguale.

Imposible torear tan distinto, especial y sobresaliente; superando con creces lo que podría calificarse como mejor.

Qué figura, la del riojano, de planta tan erguida como asentada. Quieto, quietísimo. En la distancia ajustada a las exigencias y limitaciones del astado, en tanto un «toque» sutil de muleta adelantada en busca siempre del pitón de allá, el cuerno contrario. Mientras Urdiales aguantaba impávido lo infinito, al toro no le quedaba otra que echarse por fin para adelante y sobrepasar esa línea mágica que en la jerga taurina llaman embroque. Lento y emocionante encuentro entre toro y torero. Y todo despacio, muy despacio, llevando la parsimonia del toreo casi a la eternidad.

¿Podría resumirse todo esto en la perfección? Pues eso mismo. No se equivoca el lector pensándolo así después de llegar hasta aquí al leer el relato de la faena.

Aquello fue el colmo y la gloria misma del toreo más bonito y profundo que se ha visto hasta hoy en la temporada.

No había más remedio que decirlo así para mayor comprensión. Y titular con «Naturales de Oro» para situar lo sucedido en su más exacta excelencia y trascendencia. Lleva la firma, no hace falta decirlo, de Diego Urdiales.

Fotos: Guillermo Abanades Marín

FUL, TODO LO DEMÁS EN LA TARDE

Una gran obra en un contexto de corrida «ful», según el término aprobado por la RAE para definir algo falso, defectuoso o de mala calidad. Que tales fueron los toros y las faenas de los otros dos toreros que figuraban en el cartel.

Nada más valió la pena. Porque los astados de Juan Manuel Criado ni mucho menos estuvieron a la altura del acontecimiento. De presencia justa y ninguna bravura, en algunos poniéndose en evidencia el lema del que tanto presume la localidad, «Colmenar Viejo, tierra de toros». Pues no, esta vez no, hay que advertir. Ni presencia ni esencia.

Así que hubo protestas al ganado en muchos pasajes de la lidia. Toros desrazados y justos de fuerzas. Claro que estos «bavos» vienen a ser «el material» adecuado para esos arrimones de tan repetido y escaso fuste que se pegan los toreritos de la modernidad.

A ver quién les mete en la cabeza que el toreo es largura, aquello de César Rincón y legendarios toreros anteriores al colombiano, Paco Camino, Antonio Ordóñez. Julio Aparicio padre, César Girón… ¿hace falta seguir? Tantos que cogían el toro «allí» para llevarlo lo que se dice «toreado», embebido o enganchado en el engaño, hasta «allá». Y no hay más.

Lo demás son adornos superfluos, aprovechando que el toro está ya en las últimas, o que ha salido de chiqueros mermado de todo, como fue el caso de los de Criado. Es ahí donde surge el desplante fácil y efectista. El legendario Antoñete, torero de estilo clásico, puro y sobrio, ironizaba sobre esto con fino humor, llamando «morisquetas» (¿de dónde sacaría el maestro la palabra, o palabro, en cuestión?) a todo lo que se le hace al toro agonizante.

Fotos: Guillermo Abanades Marín

UN PRESIDENTE DE PAÑUELO FÁCIL

Y a todo esto, la reprobable y despreciable connivencia del «palco». Un presidente de pañuelo fácil, que no daba tiempo a la petición de orejas para concederlas. Ya está bien de este tipo de atropellos. La gente, por aquello de tener la fiesta en paz, calla y traga.

Pero si siguen mintiéndoles, lo más probable es que haya deserción y no vuelvan. Ojo a las consecuencias de tanto «Viva Cartagena» para eludir responsabilidades.

TAMBIÉN EL MAYORAL, QUÉ DESVERGÜENZA

Y como lo del mayoral, otro detalle incalificable. La desvergüenza del mayoral de la ganadería dejándose salir a hombros.

Consideró el hombre que con seis orejas cortadas a «sus» toros le asistía el honor de acompañar a los toreros en la salida por la Puerta Grande.

Cuando el único de verdad, y en grado superlativo, fue Urdiales. Los otros dos, de cuyo nombre no vale acordarse por el nulo poso de sus faenas, fueron meras comparsas en la tarde.

Ya habrá ocasión de verlos y juzgarlos en otros escenarios, ojalá que de mayor prestigio y con ganado de apropiada envergadura.

Fotos: Guillermo Abanades Marín

FICHA DEL FESTEJO.-
Toros de Juan Manuel Criado, de discreta presentación, y desrazados, en el límite de las fuerzas.

Diego Urdiales: estocada (silencio); y estoconazo (dos orejas tras un inoportuno aviso con el toro tambaleante).

David de Miranda: pinchazo y bajonazo (oreja barata); y estocada (oreja como la anterior).

Víctor Hernández: estocada tendida (oreja también con petición en el límite); y estocada (oreja para que surtiera el efecto de la salida a hombros).

En cuadrillas, tras banderillear al sexto saludaron Yelco Álvarez y David Pacheco.

La plaza registró un tercio de entrada en tarde de calor aceptable.