Sanfermines – 4ª Corrida
LA ESPAÑA BRAVA DE LOS NAVARROS SE OLVIDÓ DE ALMERÍA
Por Juan Miguel Núñez Batlles
Día triste en España por el trágico incendio que asoló el corazón de la muy noble Almería, tierra de todas las civilizaciones y culturas que dan sentido y estimulan lo humano.
La entrañable Andalucía del sureste, destino de tantos caminos que la miran y admiran por la serenidad, la placidez y el sosiego que inspiran su clima y naturaleza, se ha hundido de pronto en la melancolía y el desconsuelo. La vida, fantástica en ese pedazo de cielo en la tierra, ha cambiado su rictus por un rostro de amargura.
Qué sorpresa y qué lástima, este sobresalto de congoja por tantas existencias perdidas, doce muertos y veintitrés desaparecidos, señalan los últimos datos oficiales. El fuego no ha perdonado y parece que la única coyuntura posible ahora es rezar.
Lástima que haya faltado sensibilidad en una de las dos multitudinarias convocatorias que hoy tenían los españoles para la diversión. En California (EE.UU.), en el partido de fútbol contra Bélgica hubo minuto de silencio. Lógico. En Pamplona (España), en la plaza de toros, lo ilógico. Habrá quien trate de buscar pretextos para esconder o disimular tamaño olvido. Siempre lo de «Pamplona es así, y en sanfermines ya se sabe».
Pero afortunadamente esas indiferencias no son para todas las circunstancias.
Dos pancartas con la misma lectura en los tendidos de sol, donde las peñas, desplegadas durante el paseíllo, no podían ser más hirientes: «Puta España puta Selección». Y la reacción en contra prácticamente unánime de toda la plaza, incluso gente, mucha gente en localidades de aquel sector, coreando vivas a España, cantando a capela el «Yo soy español, español» y hasta el pegadizo estribillo de la célebre copla de Manolo Escobar «Que viva España». En ruido, voces y aplausos ganaron los patriotas.
Y ganó sobre todo el toreo a cargo de Morante, que ya con el primer toro en la arena puso sordina a los estrafalarios y desdeñables amigos del terror, empeñados todavía en sus rancios y desfasados cantos con referencias a ETA, ignorantes ellos, que a estas alturas no saben lo que fue aquella asesina y despreciable banda terrorista.
Fuente: Diario de Navarra/EFE
LA EXPECTACIÓN POR MORANTE
Morante impuso el silencio con lentas y majestuosas chicuelinas que crearon clima de expectación, no obstante, el poco recorrido, el escaso ímpetu del «alvaronúñez» en la muleta lo frustró todo. Trasteo de medios y espaciados muletazos sin llegar a nada. Saludó a pesar de todo una generosa ovación, sin duda por la memoria del solemne quite.
En el cuarto, falló el toro y Morante se entretuvo en «acariciar» sus mortecinas embestidas sin más. Mató de cualquier manera, apuntando a «los blandos», y aún así le ovacionaron. Y como no todo es loable en el considerado genio de la Puebla, un detalle poco torero: salió a saludar con la montera en la mano derecha mientras en la otra llevaba la toalla. ¡Morante, por favor!
Foto: Emilio Méndez
BORJA JIMÉNEZ, HUNDIDO EN LA VULGARIDAD
El segundo, toro gacho y de cornamenta cerrada. Demasiado «cómodo» para Pamplona. ¿Dónde está la responsabilidad de los veterinarios, tanta manga ancha en la Feria del Toro?
Jiménez lo paró de salida por chicuelinas en clara falta de rigor a las normas clásicas de la lidia, dejando claro que él venía a lo que muchos consideran que se ha de venir a Pamplona, el frenesí de las pamplinas que tanto efecto tiene para las peñas. Así abrió faena de rodillas con pases cambiados muy tropezados antes de meterse en liviana tarea de escaso compromiso artístico, y para ello aliado con la embestida cansina y apagada del burel.
Lo único de relieve en el quinto, un quite por chicuelinas, pero también sin gracia alguna. Toreo mecánico. Puro estajanovismo, de pases y pases mientras el toro se movía. Una producción que no dejaría ningún poso.
Resulta increíble lo de este Borja Jiménez con tantos años en la profesión y habiéndose ganado el respeto de los públicos en tantas plazas y ferias por las que ya ha pasado, a base de tesón y querer a toda costa, pero que a estas alturas no se haya decidido a serenar su toreo dándole ese toque de garbo y gracia que habría de auparle a cotas artísticas de verdadera figura. Él solo se encasilla en el grupo de los «legionarios», que puede que toreen mucho, pero yendo siempre de relleno.
Fotos: Emilio Méndez
LA EXPOSICIÓN Y EL TALENTO DE AGUADO CONTRA UN MATÓN QUE NO QUIERE A ESPAÑA
Aquel rifirrafe por las pancartas contra España se reavivó en el tendido 3, plena sombra, donde alguien lucía la bandera roja y gualda. Acababa de saltar a la arena el tercero, primero de Aguado, cuando uno de los matones abertzales empezó de nuevo con los improperios contra la enseña nacional. Pero, ay, amigo, la réplica ahora fue más contundente, hirviendo la sangre brava navarra. Los mozos que se sienten españoles, que lo son, y no permiten que les roben su identidad.
Tuvo que intervenir la Seguridad de la plaza para evitar el linchamiento al insolente energúmeno, finalmente desalojado. Paz y gloria, pero mientras tanto habían transcurrido los dos primeros tercios de la lidia con la atención del público ajena al ruedo.
Faena de Aguado de exposición y talento, pisando los terrenos donde el astado respondía y llevándole en la altura y a la velocidad adecuadas. Todo además muy limpio y con gusto. Metió la espada a la primera, pero pasó algo imperdonable en esta plaza, lo que tardó el toro en morir, levantándose hasta tres veces por los reiterados fallos del puntillero. Y lo que pudo ser, y debió ser, una oreja se redujo a una simple ovación.
Y en ese buen aire en el sexto. Firme y resuelto, Aguado, con mucho sentimiento. El toreo que sale del alma. Aunque la estocada no tuvo la contundencia deseada. Tardó mucho en echarse el astado aún con la espada dentro.
Foto: Emilio Méndez
Toros de Álvaro Núñez, de ridícula presencia; nobles, de poca raza y ninguna clase.
Morante de la Puebla: pinchazo hondo (ovación); y pinchazo y bajonazo (ovación).
Borja Jiménez: dos pinchazos, estocada y descabello (silencio); y cinco pinchazos y estocada (silencio).
Pablo Aguado: estocada (gran ovación); y estocada y estocada (ovación tras aviso).
La plaza registró lleno de «no hay billetes» en tarde de calor sin las exageraciones de días anteriores.
