San Isidro – Corrida de la Beneficencia
UNA BENEFICENCIA SIN HISTORIA Y PASADA POR AGUA
Por Juan Miguel Núñez Batlles
La tradicional Corrida de Beneficencia, la de más brillante abolengo de la temporada, otrora institucional, ha perdido su carácter este año por la ausencia del jefe del Estado, el rey Felipe VI. Ni en el Palco Real, ni en barrera, ni por supuesto en el tendido. Ninguna representación de la monarquía. Aunque, cosa rara, tras el paseíllo y antes de romper filas las cuadrillas sonó el himno nacional.
Y no sólo eso; la segunda parte del festejo, bajo la lluvia y sobre el barro, para olvidar.
Malos o peores augurios, que vinieron a reafirmar la triste leyenda del gafe que normalmente afecta a este festejo. Raramente buenos resultados artísticos. Y encima, agua, el diluvio.
LLUVIA Y FANGO
Ya el primer toro no podía ni con el rabo. Una calamidad en los tres tercios, rodando continuamente el astado por el suelo. Ni la cuadrilla ni el propio Talavante hicieron ni intentaron hacer nada por salvar aquello.
En el cuarto, la lluvia torrencial y un desbarajuste en la lidia. El ruedo hecho un barrizal, cuando, oh, de pronto y al abrir Talavante faena de muleta, el toro se pone a embestir en medio de la tempestad, y mientras de las localidades altas a cubierta bajan roncos oles de contento y aprobación.
Talavante torea con finura sobre el fango. Hubo muletazos de buen corte pero sueltos. Faena emotiva, no obstante, sin estructura lógica. Nada fue posible en tan alucinante escenario.
Fotos: Iván Abanades Medina
ROCA, PASES INACABADOS
Toro sin empuje el segundo, primero de Roca. Destacable un quite de Hernández en su turno por saltilleras y la réplica de Roca con el capote a la espalda.
Brindis a la concurrencia y apertura de faena de rodillas con dos ajustados pases cambiados. Emoción con run run en el tendido, señal de aprobación que enseguida se desvanece.
Las pocas fuerzas del toro lo condicionan todo. Embestidas cortas, pases inacabados y cites necesariamente espaciados e interrumpidos al quedarse el torero continuamente descolocado. Un fondo de lógicas protestas acompañaron el largo, inútil y deslucido trasteo.
No paraba de llover cuando se anunció la salida del quinto. Al parecer los dos diestros que faltaban por lidiar sus respectivos segundos toros acordaron seguir. Una temeridad, como estaba el ruedo.
Y una advertencia: se jugaban la vida, y ponían en grave riesgo la de sus hombres, las cuadrillas. ¿Se consultó al personal subalterno si debía seguir celebrándose la corrida en estas condiciones?
El caso es que el llamado respetable, o lo que quedaba de él tras correr la gente despavorida a las localidades de gradas y andanadas, celebró mucho que Roca estuviera allí representando la faena diluviana e imposible, cambiando de muleta hasta cinco veces por el peso añadido del fango.
Foto: Iván Abanades Medina
HERNÁNDEZ, MOTIVADO Y ACELERADO
A Víctor Hernández le sorprendió el vendaval de viento y agua al saltar al ruedo el tercero, toro que pasó por el caballo sin decir nada, pero que tuvo mucho «motor» en la muleta.
Mejor por el pitón derecho, los muletazos surgieron seguidos, sin embargo, demasiado rápidos.
Manoletinas antes de una estocada corta tendida que dio paso a una larga y penosa agonía del animal, circunstancia última que hizo que sonara un aviso y no hubiera más de cuatro pañuelos en la petición de oreja.
El toro, muy ovacionado en el arrastre.
Estaba Hernández muy motivado con el sexto, que iba y venía con suma docilidad, empero los pases se sucedían cortos, entre enganchones y con poco fuste artístico.
Mandaba, no obstante, el síndrome imperante de la lluvia.
Para torear, sol y moscas, se ha dicho siempre. Y esta vez no fue el caso.
Menos mal que no pasó nada. Nada malo, se entiende, en tan desagradables circunstancias.
Fotos: Iván Abanades Medina
Toros de Victoriano del Río, bien presentados, nobles y con movilidad aunque la mayoría justos de fuerzas.
Alejandro Talavante: estocada (silencio); y tres pinchazos, estocada baja y tres descabellos (silencio tras aviso).
Roca Rey: estocada (silencio tras aviso); y dos pinchazos y estocada caída (ovación tras aviso).
Víctor Hernández: estocada corta tendida y larga agonía del toro (silencio tras aviso); y bajonazo (otra muerte lenta, aviso y forzada y lastimera ovación en la despedida).
La plaza registró lleno de «no hay billetes» en tarde de nubes y calor, con viento a rachas y lluvia en la segunda parte de la función.
