Corrida del Sábado de Gloria en Lorca
LA TRADICIÓN HECHA PASIÓN
Por Juan Miguel Núñez Batlles
A los eslóganes que definen y resaltan la riqueza histórica y cultural de Lorca, hay que añadir uno referido a la vocación taurina de su gente. Y es que aquí los toros son verdadera pasión.
COSTUMBRE RECUPERADA
Así se entiende tras el parón que ha tenido su centenario coso (inaugurado en 1892) casi destruido por el terremoto de 2011, y felizmente reabierto trece años después, en 2024. Ahora, con inmejorables perspectivas de futuro. Pues ya son tres los festejos que conforman su calendario anual; y uno de ellos esta Corrida del Sábado de Gloria, apéndice a los entusiastas, fervorosos y monumentales desfiles de Semana Santa con fama universal.
PEPÍN JIMÉNEZ Y PACO UREÑA, EMBLEMAS DE LA LORCA TAURINA
Tradición taurina que ha vuelto con fuerza, y para ello influye también que Lorca cuenta en la actualidad con un torero de la relevancia de Paco Ureña, como ocurrió en su día con el excelente y personalísimo Pepín Jiménez, distinguido ahora en el puesto de asesor artístico. Un lujo de toreros. El cartel en esta ocasión contaba con Ureña, enfrentado en mano a mano a Roca Rey, uno de los mandones del escalafón. Los toros, de Juan Pedro Domecq, ganadería de campanillas por ser preferida de las figuras en las ferias de relumbrón.
«VAYA TELA, JUAN PEDRO»
Y aquí estuvo el fallo, con la connivencia del presidente, poco acertado en sus funciones, ya que, por ejemplo, en el reconocimiento previo a la corrida se debieron rechazar los dos primeros toros, cuya indignante presencia la denunció una voz tan clara como rotunda del tendido alto de sol, dirigiéndose directamente al ganadero: «¡vaya tela, Juan Pedro. Éste no sirve ni para las novilladas de Canal Sur!». Una referencia que habla por sí sola.
¿HASTA CUÁNDO «EL AFEITADO»?
Y al margen de «la lluvia» de orejas en la tarde, más contentos y optimistas estarían los espectadores que pasaron por taquilla, si se hubiera intentado desterrar la sombra del «afeitado», hoy, una vez más, triste provocación en los seis «juampedros», sospechosamente romos, según el eufemismo que utiliza el periodismo con rigor para evitar líos en los tribunales. ¿Porqué y hasta cuándo hay que soportar esta lamentable lacra?, sigue preguntándose la sufrida afición.
CIRCUNSTANCIAS SUAVIZADAS
Y por si faltaba, también la práctica de una engañosa selección de genes para mitigar y calmar la bravura del toro. De modo que de toro noble se ha pasado a toro dócil, y de fiero a manso y amable, como de la pujanza a la falta de acometividad, cuando no a la invalidez. Todo esto, el Sábado de Gloria en Lorca. Y Lorca, ni ninguna otra afición, merecen este trato. Es obligado, pues, con los toros de Juan Pedro como los de Lorca, suavizar las circunstancias de la corrida para evitar la crítica profunda a la desbocada generosidad presidencial, que, dicho sea de paso, tampoco la rechistó el llamado respetable.
UREÑA, PASAJE DE GRAN VERDAD
Queda dicho que el toro primero no fue nada. Tan poquita cosa que ni en el capote, incluido un quite de Roca -a pesar de que en teoría a éste no le correspondía turno dado que sólo entró al caballo una sola vez para tomar un puyacito-, ni en el último tercio, hubo ningún entusiasmo. Toro humillado en la muleta, pero sin terminar de entregarse. No obstante, la gente muy volcada con su torero; quizás hubiera tenido premio de no haber fallado a espadas.
Con más volumen el tercero, y más entonado el torero con el capote en el recibo y posterior quite. Apertura con la muleta de rodillas y por alto. En realidad, superficialidad. Pero ya de pie, la gran verdad del toreo. Muy encajado y abandonado el cuerpo, se sucedieron series por ambos pitones con ritmo y compás. Estrecheces casi al límite en la interpretación. Faena de coraje y clasicismo, aunque la falta de brío en el toro, que iba apagándose poco a poco, terminó siendo también un hándicap. Como el pinchazo previo a una buena estocada. Pues fue faena de dos orejas, empero quedó la cosa en una.
El quinto, apenas picado, llegó a derribar en un único encuentro con el peto, y un posterior volatín en el remate de un quite le dejó mermadas las fuerzas. Forzado Ureña por la circunstancia de no llevar suficientes trofeos para salir a hombros cuando el otro alternante ya tenía asegurada la Puerta Grande, salió de nuevo el lorquino a por todas, por alto antes de entrar en lo fundamental. Nuevamente entrega absoluta. Toro reservón y toreo cercano, y muy asentado, con sobresalto en las postrimerías al ponerse de rodillas. Pinchazo (en sus tres toros pinchó Ureña) y estocada que dio paso a la oreja que le llevó a la Puerta Grande.
ROCA Y SUS FUEGOS DE ARTIFICIO
A Roca le tocó una de las dos birrias del envío, el segundo, primero de los suyos, tachado de novillo, o becerro -vaya uno a saber el calificativo que le pondría aquel que le gritó al aparecer en el ruedo-, un animalito que humillaba aparentemente pero soltando mucho la cara en los embroques. Le buscó las vueltas el peruano en las cercanías, y fue ahí, en el arrimón final, donde encontró el peruano su toreo de mejor expresión. Al cuarto, otro toro con más cuerpo, lo lanceó Roca a pies juntos antes de derribar ocasionándose un tremendo desbarajuste en el ruedo por la dificultad de poner en pie al caballo. Brindis de torero a torero, a Ureña, admirado por su estilo y lucha en la profesión. El toro con la embestida más favorable, planeando por uno y otro pitón sobre la muleta, lo que en la jerga se dice «haciendo el avión». Para torearlo a placer también por su fijeza, prontitud, recorrido y repetición. Tal fue la faena de Roca, que antes de empalagar con el acostumbrado arrimón, tras un largo, muy largo redondo, y dos circulares invertidos de su inconfundible sello, se tiró a matar «empujando» con el corazón. Una faena a un toro de tanta calidad (lo de los pitones no es culpa del toro) y con tanto entusiasmo como provocaba, no se podía ir por la espada. Cayeron las dos orejas más importantes del festejo. Y honores póstumos al toro en la vuelta al ruedo en el arrastre.
Al sexto, otro astado de fácil manejo, le aplicó Roca los fuegos de artificio de su especial estilo. Acortando distancias; y de allí para traer al toro acá, y devolverlo allá. La locura. Aunque esta vez sin el fondo y el regusto de las cosas bien coronadas. Claro que el estoconazo final igualmente contó para las consabidas dos orejas.
POSDATA ACLARATORIA
Una advertencia final, amigo lector: no sé si el clima triunfalista ha podido influir en el relato. De tal manera que para dejar las cosas en su sitio, de las siete orejas en la tarde, bastaban tres, y gracias. Y porque uno quiere siempre estar lejos de severas acritudes, lo dejamos ahí. Esta vez la censura más dura, lo peor, y pese a las facilidades, el ganado.
FICHA DEL FESTEJO.-
Toros de Juan Pedro Domecq, desiguales de presencia -los dos primeros, muy poquita estampa por esmirriados-, todos sospechosos de pitones. Corrida dócil más que noble, de escaso empuje. El cuarto, de nombre «Desteñido», premiado con una generosa vuelta al ruedo.
Paco Ureña: dos pinchazos y media (silencio); pinchazo y estocada (oreja); y pinchazo y estocada desprendida con derrame (oreja).
Roca Rey: estocada desprendida y trasera (oreja); estocada contraria (dos orejas); y estocada (dos orejas).
La plaza rozó el lleno en tarde primaveral. Sonó el himno de España tras el paseíllo; y no hubo minuto de silencio por el matador de toros Ricardo Ortíz, muerto por un toro en la víspera cuando hacía labores de corrales en La Malagueta, la plaza de Málaga.
